01 mayo 2012

MIra mamá, un dibujante.

Recientemente pasé un día en el zoo de Madrid dibujando animales.
Acudí con unos amigos dibujantes y con cierto miedo de encontrarme a los animales en un estado que me incomodara, pero aunque hay cosas que mejoraría, encontré un día de disfrute completo.
Dibujar animales es un ejercicio enriquecedor. Cada anatomía es diferente, cada animal ofrece unas formas nuevas, un desafío para la mirada y la mano que se desliza frenéticamente sobre el cuaderno creando líneas.
Pero dibujar en público convierte al dibujante en una atracción, en el foco de las miradas de los comentarios y de los transeuntes que hablan de lo que estamos haciendo o de cómo lo hacemos de una forma que parece ignorar nuestra presencia. 
Los dibujantes debemos salir más a la calle, debemos acostumbrar a la gente a ver como alguien toma notas de la realidad en un cuaderno como se acostumbraron a los fotógrafos.
Nadie se arremolina en torno a quien toma fotografías, nadie se empeña en observar lo que aparece en la pantalla digital de su cámara, pero casi cualquiera considera que las hojas de un cuaderno de dibujo son un reclamo para su curiosidad, para sus comentarios que obvian la presencia del dibujante.


Pero eso es otro tema, yo quería hablar aquí del placer que produce dibujar animales y del gusanillo que se queda en la mente llamando a una nueva visita, en cuanto que el mal tiempo nos abandone y los animales salgan a disfrutar del sol primaveral.







1 comentario:

Victor Zurdo dijo...

Y los niños son los que menos molestan; los padres son más molestos, y tienen menos justificación.
¡Pero el placer de dibujar animales, lo compensa todo! ¡Y qué buenos apuntes, jodío!